BBC Ministerio Hispano

Yo solo sé que antes era ciego…

… Y ahora veo
Juan 9:1-41
Por Dr. Oscar J Fernandez

Este es otro de los milagros de Jesús que solo aparece registrado en el evangelio de Juan. Para poder captar mejor la grandeza de este acto, es necesario que nos remontemos un poco a lo que estaba sucediendo. La confrontación entre Jesús y los fariseos se estaba agudizando cada vez más en este momento. Jesús había desafiado públicamente a los fariseos. El hecho de presentarse en el Templo para proclamar que Él era el Agua de Vida y la Luz del Mundo había sido un reto abierto a ellos y a lo que enseñaban. Se trataba justamente de las dos cosas más importantes que ellos observaban en la Fiesta de los Tabernáculos.

La primera observancia era poner luz en la lámpara de oro de siete brazos o Menorá, para que alumbrara iluminando el lugar Santo durante las horas de penumbra en la semana de la Fiesta de los Tabernáculos, ya que en los tiempos del Templo, esta lámpara no permanecía encendida permanentemente como en los días del Tabernáculo en el desierto. La segunda observancia consistía en ir a la Fuente de Siloé para sacar agua para derramarla alrededor del altar de los sacrificios. Por supuesto que todo esto tenía un profundo significado religioso. Poner luz en la Menorá representaba la necesidad del pueblo de Israel de la luz, para lo cual Dios era la única fuente segura. El derramamiento del agua representaba la confesión de los pecados y el reconociendo del pueblo de la necesidad de limpieza.

Como sabemos, la Fiesta de los Tabernáculos era una celebración para recordar el sustento y cuidado de Dios por Su pueblo en el pasado, rememorando el tiempo en el cual el pueblo permaneció en el desierto y Moisés construyó el Tabernáculo. Pero el Tabernáculo no solo señalaba a los cuidados de Dios para con su pueblo en el pasado, sino que también apuntaba hacia el futuro, a la venida del Mesías que proveería luz y limpieza para el pueblo de Israel.

Al Jesús decir que Él era la Luz del Mundo y el Agua de Vida, estaba declarando que Él era el Cristo, justo el Mesías que había sido prometido que cumplía con todo lo que anticipaba la Fiesta de los Tabernáculos. Jesús retó a los Fariseos para que probaran que lo que Él decía de sí mismo era falso. Ellos entonces procuraban matarlo, pero no podían, porque el tiempo de Dios no se había cumplido todavía. Pero los fariseos aceptaron el reto e iniciaron una guerra abierta contra Jesús, mientras Él les decía a todos sus oponentes: “…moriréis en vuestro pecado”; Juan 8:21 Y sus declaraciones fueron todavía más lejos cuando les decía que la única vía para recibir el perdón por los pecados y el regalo de la vida era creyendo que Él era quien decía que era: “Os dije que moriríais en vuestro pecado, porque, si no creyereis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados”, Juan 8:24.

Los fariseos mostraron su ignorancia acerca de lo que Jesús reclamaba que era y por eso le pidieron que les dijera quién era Él. Por supuesto que esto fue para dar oportunidad para que Jesús pudiera declarar públicamente que Él era el Hijo de Dios. Esta declaración, hecha ante la presencia de muchos testigos, podía ser usada en contra de Jesús para acusarlo de blasfemia. Pero Jesús les dijo que Él era quien les había dicho que era.

Como sabemos, los fariseos para aceptar el testimonio de alguien, este debía presentar un testigo. Por eso Jesús decía que Él y Su Padre daban testimonio de quien era Él. Este es el contexto y la situación existente con los fariseos en el momento en el cual Jesús le dio la vista a un hombre que había nacido ciego. Es importante conocer esta situación para poder entender lo difícil del momento y el entorno en el que se desenvuelve.
Era sábado y Jesús fue de nuevo al Templo. Lea el evangelio de Juan capítulo 9 versículos 1 al 41.  Estando Jesús en Jerusalén la controversia con los fariseos estaba subiendo de tono. El asunto del sábado se estaba tornando hasta cierto punto violento. Es precisamente en este contexto que se producen los hechos narrados en Juan capítulo 9. Muchos eruditos estiman que estos hechos ocurrieron en un sábado, una semana después de la fiesta de los tabernáculos, de la cual ya hablamos un poco. El hecho de sanar a un hombre ciego de nacimiento en un sábado, vino a poner más leña en el fuego.

Veamos algunos aspectos de este hecho. El ciego se encontraba en una de las puertas del Templo, probablemente en la que llamaban “Hulda”. Este hombre que pedía limosnas, no pasó inadvertido para Jesús. Los discípulos no entendieron por qué Jesús le prestó atención a este limosnero ciego, ya que toda el área exterior del Templo estaba llena de limosneros. Es posible que los discípulos pensaran que había algo especial, fuera de lo común, por lo que basados en la vieja creencia de los judíos de que las enfermedades eran la consecuencia de los pecados, le preguntaron a Jesús que quién era el responsable de la enfermedad del hombre.
Por lo general en aquellos tiempos, los judíos cuando se enfermaban no acudían mucho a los médicos. En realidad en el Antiguo Testamento hay muy pocas referencias a los médicos. En Job 13:4 hay una referencia a los mismos. Hay algunos comentaristas que plantean que los médicos no eran judíos, sino que eran extranjeros que venían de otras naciones. Los judíos del tiempo de Jesús no tenían muchos conocimientos científicos de medicina. Esto propiciaba la creencia de que las enfermedades eran el resultado del pecado del que las padecía o del pecado de sus padres y que eran un castigo por el pecado.

Esto explica el por qué los discípulos le preguntaron a Jesús en Juan 9:2, quién había pecado, si él o sus padres para que el hombre hubiese nacido ciego. La tradición judía lo había establecido en el Talmud y los fariseos enfatizaron y enseñaron esta creencia. Los judíos también creían que los hijos heredaban los pecados de los padres. Pero Jesús les respondió a sus discípulos, diciéndoles que este hombre había nacido ciego para que Él pudiera mostrar su poder.

En Juan 9:5 Jesús declara que Él es “la Luz del mundo”. Justo eso fue lo que Jesús hizo, darle la luz a este ciego limosnero. Me llama la atención que ni en el Antiguo Testamento ni en el libro de Hechos, se narre algún milagro por medio del cual se le devolviera la vista a algún ciego. Hay otro hecho más a tener en cuenta en este episodio. La tradición judía que seguían los fariseos prohibía el uso de medicinas y la curación de los enfermos durante el sábado.

Jesús escupió en la tierra, con lo cual hizo un poco de fango que puso en los ojos del ciego. En ese tiempo, la saliva era un remedio común que se usaba para curar los ojos. De manera que también esto podía ser entendido por lo fariseos como el “uso de un medicamento en un sábado”. Entonces Jesús mandó al hombre a que fuera a lavarse los ojos a la fuente de Siloé, y el hombre regresó al poco rato, dando saltos de júbilo por haber RECIBIDO la vista que NUNCA había tenido.

Pero la incredulidad no es un mal de este tiempo. Existe desde hace muchos miles de años. Y el hecho de que este mendigo que pedía limosnas ahora viera, levantó muchas dudas acerca de su identidad. Algunos lo reconocían, pero otros dudaban que pudiera ser él. Pero el hombre no podía ocultar su alegría y a todos les decía que el mismo era aquel ciego que se sentaba a la puerta del Templo a pedir limosnas. Como en todas las épocas, en los tiempos de Jesús también había personas que “querían conocer los detalles”, y le preguntaban al ciego que cómo era que había ocurrido eso. ¿Qué había sucedido? ¿Qué había hecho? ¿Quién lo había sanado?
El ciego explicaba lo ocurrido. De la noche a la mañana este hombre se había convertido en un testimonio vivo de que “Jesús es la Luz del mundo”. Este hombre había vivido toda su vida en las tinieblas y ahora había recibido LA LUZ.

Nosotros también vivíamos en las tinieblas cuando Jesucristo nos salvó y también lo hizo para que nosotros demos testimonio al mundo del poder de Jesús. Para que también podamos decirles a aquellos que todavía están en las tinieblas, que Jesús es la Luz del mundo y que Él puede abrirles los ojos a ellos.

Este milagro, sin precedentes, llamó la atención de los fariseos que en lugar de ver lo que había ocurrido, buscaron inmediatamente algo con lo que pudieran acusar a Jesús, por lo que entonces señalaron que el hombre había sido curado en un sábado.
El ciego no había identificado a Jesús, pero los fariseos sabían, sin lugar a dudas, que se trataba de Él. De manera que la primera reacción que tuvieron fue la de negar que este milagro pudiera proceder de Dios.

Juan 9: 8-12 nos presenta la situación que se produjo como resultado de este milagro. Unos decían que era él, otros decían que se parecía, y el ciego a todos les decía que él era aquel que se sentaba a la puerta del Templo a pedir limosnas. Y le preguntaban y él decía que Jesús le había devuelto la vista. Entonces la mano de los fariseos apareció oculta, detrás de lo que parecía una simple curiosidad y le preguntaban al ciego dónde estaba Jesús, y la respuesta de este era bien simple y decía: NO SÉ.

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