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Una enseñanza de Juan capítulo 13

Por Dr. Óscra J. Fernández

Jesús se enfrentó a la inminente crisis con la certeza de que Él tenía el control absoluto sobre todos los acontecimientos. El arresto, el juicio y la crucifixión harían parecer que Él era una víctima indefensa, sin embargo Jesús sabía que su resurrección le daría la victoria sobre el pecado y la muerte. Dios convertiría lo que al principio iba a parecer una tragedia en un triunfo vivificante. Al comisionar a Jesús para venir a la Tierra como el Cristo prometido, el Padre le había dado la soberanía sobre todas las cosas y circunstancias que se pudieran presentar. Dios envió a su hijo en una misión redentora y Jesús estaba seguro de que regresaría al Padre.

Quiero que entienda que Jesús en ningún momento dudó de Su divinidad, ni de que era el Hijo unigénito de Dios. Con esta seguridad y en estas condiciones se aprestó a realizar un servicio muy humilde a favor de sus discípulos. Veamos Juan 13:3-5, 14-15

“…sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, 4se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. 5Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido […] 14Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. 15Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis…

No vayamos a malinterpretar este hecho. En ese tiempo el anfitrión de una comida generalmente tenía un esclavo que lavaba los pies de los invitados cuando estos llegaban. No olvide que se usaban sandalias, los calcetines no se habían inventado, las calles y caminos no estaban pavimentados y no se viajaba en automóviles; de manera que los caminos polvorientos ensuciaban mucho los pies de los caminantes. Por regla general un esclavo gentil, o una de las mujeres más insignificantes en la servidumbre de la casa estaban encargados de lavar los pies de los invitados. Jesús no tenía ningún esclavo que lavara los pies de sus invitados y a pesar de que los discípulos de un rabí, generalmente realizaban las tareas más insignificantes y las menos apreciadas para él, al parecer ninguno de los discípulos de Jesús pensó en lavarle los pies a su maestro, ni a los otros discípulos. Así que en un gesto sorprendente para la época, Jesús realizó una tarea que estaba reservada para los esclavos.

De igual manera nosotros hoy, sabiendo lo que somos en Dios y seguros de que NADA puede afectar nuestra condición de hijos suyos, tenemos la libertad de servir con humildad a los demás.

En esta ocasión Jesús lavó los pies después de la cena y no al llegar los invitados como era la costumbre. Lo hizo de la manera natural que lo hacían los esclavos y luego secó los pies con una toalla. Luego de lavar los pies Jesús se ciñó de nuevo su manto y regresó a la mesa. Entonces les hizo una pregunta a sus discípulos: ¿Sabéis lo que os he hecho? Jesús acostumbraba a enseñar por medio de parábolas y en esta ocasión había “actuado” una parábola. La había escenificado, ¿habían aprendido la lección? ¿Entendían que ellos también tenían que servir con humildad, sin arrogancia?

Jesús no pretendió establecer el rito del lavado de pies. El significado más amplio de su acto era que sus discípulos -y los futuros discípulos así como también nosotros- debían realizar actos de servicio humilde y desinteresado como los que habían caracterizado su ministerio (Marcos 10:45). La humildad cristiana genuina considera a los demás como más importantes que uno mismo y se ocupa de las necesidades de ajenas, NO DANDO PARA RECIBIR, hace que cuando hermano esté enfermo o necesitado, nuestro corazón sienta dolor y nos movilice a la acción.  La humildad es un asunto práctico. Jesús es el ejemplo perfecto. Él lo dio todo a cambio de nada. Un servicio humilde y desinteresado es para nosotros un estilo de vida diferente, como lo fue para Jesús. Lo contrario se llama orgullo y es un mal muy extendido que tiene muchas maneras de manifestarse. Pero piense que pudiendo estar orgulloso de ser quien era, Jesús es el ejemplo perfecto de la humildad.

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