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Preocupación y compasión

Por Dr. Óscar J Fernández

 La visita a la metrópolis de Atenas fue, sin dudas, una experiencia traumatizante para el apóstol Pablo. Caminando por la ciudad dice la Palabra que: “…su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría” Hechos 17:16. Pablo se sentía muy triste al ver la idolatría de los atenienses y su total ignorancia del Dios verdadero y de su Hijo Jesucristo.

Estando hoy parado cerca de areópago uno se siente sobrecogido, así que el apóstol, teniendo un gran dolor por esta gente inteligente que estaba equivocada en sus creencias y con todos los elementos en su contra, no pudo callar y dijo: “…porque pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS NO CONOCIDO. Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio”. Hechos 17:23

Tal vez el apóstol sintió bullir en su corazón las palabras del profeta Isaías: “…Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas”. Isaías 42:8. Pienso que probablemente Pablo, que era un profundo conocedor de las Escrituras, recordara también  la exhortación de Dios a Jeremías y se sintiera movido por ella y animado a explicar la verdad a los sabias y confundidos atenienses: “…Les diréis así: Los dioses que no hicieron los cielos ni la tierra, desaparezcan de la tierra y de debajo de los cielos. Jeremías 10:11

A pesar de que el ambiente era, sin dudas hostil, como de costumbre, Pablo comenzó a presentar con claridad las Buenas Nuevas de Jesucristo y la resurrección en la sinagoga con los judíos y diariamente en el mercado a los gentiles (Hechos 17:17-18).

Así que la fama de Pablo al parecer comenzó a rodar por toda Atenas, de manera que fue invitado a presentar su doctrina en el Monte de Marte a los “intelectuales” atenienses (Hechos 17:19-21). Estando yo parado junto a mi esposa en este mismo monte, mirando a la ciudad de Atenas de nuestros días, a la sombra de las ruinas que miles de años no han podido destruir no pude menos que sentir un escalofrío tratando de ponerme en el lugar de Pablo en aquella situación. Era un reto de gigantes, una tarea inimaginable. Era como ir a bailar a la casa del trompo. Pablo venía con una filosofía nueva a refutar a la cuna de los filósofos sus creencias religiosas, de las que estaban orgullosos. Pablo era judío, no griego y le iba a hablar a griegos. Pero los sabios atenienses ignoraban que Pablo estaba en las manos del Dios vivo y verdadero.

Esta predicación de Pablo es probablemente una de las más conocidas y de las más  usadas por los evangelistas contemporáneos. Encierra una gran enseñanza: ¡No podemos obsesionarnos con los números! Los resultados no fueron como los del sermón de Pedro en el día de Pentecostés en Jerusalén, no hubo cantidad, pero sí hubo calidad. En el vv. 34v leemos: “Mas algunos creyeron, juntándose con él; entre los cuales estaba Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris, y otros con ellos”.  Al parecer estas dos personas eran bien conocidas e influyentes en Atenas. Esa era la semilla que germinaría y se multiplicaría. Dos mil años más tarde, en Atenas, es más conocido el Dios que Pablo presentó aquel día, que los dioses que los atenienses adoraban entonces.

Insisto, no debemos dejar que el fulgor de los números nos deslumbre. Dios tiene una manera de contar diferente a la nuestra, ya que Él mira y conoce los corazones. Este pasaje de la vida de Pablo nos enseña que como cristianos que vivimos en un mundo contaminado por la idolatría, no podemos perder el sentimiento de dolor y compasión por las almas de esas personas que están viviendo en el error.

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