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Algo más en lo que debemos pensar

Por Dr. Óscar J. Fernández

Hay muchas cosas que aprendemos y repetimos, sin muchas veces detenernos a analizar lo que estamos diciendo. No es que sean ciertas o no, no se trata de que sean principios bíblicos o seculares, ni siquiera es relacionado con posiciones teológicas o doctrinales, aunque todas ellas pudieran estar presentes.

Por ejemplo, solemos decir que Dios tiene un propósito para nosotros en los tiempos de sufrimiento. No importa la situación ni la crisis. Bien sea la muerte de un familiar, la gravedad de un enfermo o un diagnóstico inesperado del médico. En verdad es que Dios suele tener más de un propósito en cada una de las situaciones de la vida en la pudiéramos encontrarnos y en todo momento Él mantiene el control sobre las circunstancias y los hechos. Esa es una verdad bíblica que se percibe claramente en las Escrituras. Mírelo desde esta perspectiva: ¿Puede existir un propósito para la muerte de un hijo? Ahí tenemos el caso de Jesús. Él es el Hijo unigénito de Dios y sus sufrimientos y muerte en una cruz, tenían el propósito de proporcionar la salvación de todo aquel que en Él cree.

En mi propia experiencia personal he encontrado que en algunas de las situaciones que me ha tocado vivir he encontrado una intención divina en prepararme para consolar a otros que sufren o enfrentan una situación similar.
El apóstol Pablo pudo alentar a los creyentes que sufrían en la ciudad de Corinto, basado en su propia experiencia de sufrimiento. Al caminar por la ciudad de Corinto, al pasearme por las ruinas de lo que en tiempos de Pablo fuera una de las ciudades más importantes de la época, no pude evitar un estremecimiento y un escalofrío al considerar la magnitud de la obra del apóstol en aquel lugar, con aquellos creyentes y las dificultades que tuvo que enfrentar para hacer tal cosa. Aún hoy las ruinas de Corinto son imponentes.

Una lección que debemos aprender es que los corintios, con la ayuda de Dios, convirtieron las dificultades en ministerios, y nosotros debemos hacer lo mismo.

2 Corintios 1.1-3
1 Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a la iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que están en toda Acaya: 
2 Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. 
3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación,

Pablo llevó el evangelio a Corinto en su segundo viaje misionero (Hechos 18). Corinto era una importante ciudad de la provincia romana de Acaya, notoria por su inmoralidad. Algunos creyentes, especialmente los gentiles que en este caso formaban la iglesia, habían vivido vidas con un comportamiento depravado (1 Corintios 6.9-11). En 1 Corintios vemos a una iglesia con problemas, caracterizada por cristianos “carnales” o mundanos (3.1-4). Pablo pasó mucho tiempo visitando a estos creyentes, comunicándose con ellos y orando por ellos. Les escribió: “Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres” (2 Corintios 3.2).

Después de escribir su primera carta a los cristianos de Corinto, Pablo visitó la iglesia de allí que, según parece, era bastante problemática (2 Corintios 2.1). Después que el apóstol visitó esta iglesia escribió una carta anterior a 2 Corintios que no se ha conservado. La carta, al parecer, contenía algunas reprensiones por la desobediencia espiritual de la iglesia y el desacato al apostolado de Pablo (7.8-9).

El apóstol escribió 2 Corintios en preparación para su tercera visita. Se había enterado de algunas mejorías en la situación espiritual de la iglesia, pero sentía la necesidad de defender su apostolado, que aún seguían atacando. También quería animar a los cristianos para que dieran una ofrenda para ayudar a los cristianos que estaban necesitados en Jerusalén (caps. 8 – 9).

Al identificarse como apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, Pablo declara la autenticidad de su llamado como apóstol. También le da crédito a Dios por su salvación y la autoridad para su ministerio. El origen de su llamado era la voluntad de Dios, no la de Pablo. Él era igual a cada uno de los once discípulos fieles (luego llamados “apóstoles”) que Jesús había escogido durante Su ministerio público. En una frase que constituye una prueba adicional de la autenticidad histórica de 2 Corintios, Pablo envía los saludos de su joven asistente Timoteo, que junto con Silas, había ayudado a fundar la iglesia de Corinto (Hechos 18.1, 5).

Pablo incluye el tradicional saludo de Gracia y paz […], de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Así, reconoce que Dios es la fuente de todas las bendiciones. Estas bendiciones nos llegan por Su gracia, mediante la fe en el Señor Jesucristo. Es esencial confiar en Cristo para tener perdón y vida eterna, si queremos experimentar los beneficios espirituales que brotan del Padre para nosotros por medio de Su Hijo.
Pablo incluye una bendición. La palabra Bendito refleja la alabanza a Dios que hace Pablo; luego, el apóstol presenta tres designaciones para la Divinidad.

La primera: Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, enfatiza la relación paternal entre el Dios conocido de los tiempos del Antiguo Testamento y Su Hijo, Aquel que murió en la cruz por los pecadores, dándoles así la oportunidad de llegar a ser parte de Su familia. Al igual que los padres terrenales cuidan de sus hijos, nuestro Padre celestial cuida mucho más de nosotros.

La segunda designación: Padre de misericordias, indica que Dios es la fuente de toda misericordia y compasión. La misericordia de Dios es redentora y alcanza a quienes se acercan a Él con fe y arrepentimiento (vea Romanos 9.16). Su misericordia también se muestra en la ayuda a los necesitados (Filipenses 2.27).

La tercera designación: Dios de toda consolación, se concentra en Dios como fuente de toda ayuda y consuelo verdaderos en tiempos difíciles. La inclusión de la palabra “toda” es significativa. El apóstol quería que todos supieran que el Señor no era solo una de muchas fuentes de consuelo, sino el único Proveedor de consuelo en su forma más auténtica. Todo dolor, en última instancia, tiene que ver con el pecado y la maldición que este trajo sobre la creación (Romanos 8.18-21). Sembrar en la naturaleza pecaminosa siempre producirá una amarga cosecha de dolor. Solo el Señor puede brindar perdón y consuelo para el pecador que desea perdón. Y solo Jesucristo puede ofrecer el consuelo tan necesario para quienes lloran por los pecados cometidos (Mateo 5.4).

A propósito, no todos los sufrimientos son consecuencia de un pecado. Los justos también sufren por los pecados de otros. José, en el Antiguo Testamento, sufrió por causa de los pecados de otros, pero también de acuerdo a la voluntad de Dios. Al final él comprendió que el propósito de su sufrimiento había sido, entre otras cosas, para beneficiar a muchas personas (Génesis 50.16-21). Dios estaba guiando a la nación de Israel, preparando el escenario para librarla de la esclavitud en años posteriores. Naturalmente, el mayor ejemplo del propósito de Dios en el sufrimiento de los justos se encuentra en la muerte de Jesucristo en la cruz (1 Pedro 3.18). Los justos que sufren según la voluntad de Dios pueden hallar consuelo al saber que Dios usa esos sacrificios para Sus propósitos.

La Biblia promete un futuro en que se quitará la maldición del pecado y lo que podríamos llamar un estado permanente de consolación (Romanos 8.20-25). La redención que Cristo obró permite que los cristianos entren a la futura “nueva Jerusalén” donde “ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor” (Apocalipsis 21.1-4). El consuelo de Dios para el creyente ahora está disponible de forma personal, y en el futuro será permanente y perfecto.

El consuelo de Dios establece un contraste con las falsas promesas de Satanás y del mundo. Las mentiras de Satanás ofrecen falsas esperanzas a los perdidos por medio de filosofías y religiones mundanas. “Consuelan” a los pecadores con engaños intencionales. Sin embargo, el consuelo genuino y permanente se basa en la verdad de la revelación de Dios a nosotros por medio de Su Palabra y de Su Hijo Jesucristo.

Una leyenda de los indios de Norteamérica habla de un rito que deben cumplir los niños de la tribu para hacerse hombres. El padre lleva al niño a lo más profundo del bosque, se sienta con él sobre un tronco, le tapa los ojos y le dice que debe quedarse quieto en esa posición toda la noche. Le explica que debe quedarse así hasta la mañana, cuando el padre quitará la tela que le ha cubierto los ojos. Después de hacer esto, el niño ya será un hombre. El jovencito se queda allí sentado toda la noche, oyendo ruidos extraños, sintiendo el frío del aire nocturno, y preguntándose qué animales salvajes estarán rondando cerca de él, pero al mismo tiempo se siente animado y protegido por lo que considera su “valor” de hombre. Ha hecho un juramento de no contar lo que sentido o experimentado en esa noche. Cuando llega la mañana, se le quita el pañuelo de los ojos. Entonces puede ver que su padre ha estado sentado junto a él durante toda la noche, vigilante para protegerlo del ataque de cualquier fiera o animal salvaje. Al igual que ese padre, nuestro Padre celestial está siempre con nosotros vigilante para protegernos.

Busque el propósito de Dios en esa situación que usted, un familiar o un amigo pudiera estar enfrentando. Los propósitos de Dios siempre son más grandes que los nuestros y tienen un alcance eterno, no olvide que Él está y estará en control…

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