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Cuando la oración no funciona, Parte II. La oración falsa

Por Dr. Óscar J. Fernández
Al segundo aspecto lo voy a llamar: “La oración FALSA”.
Lea Mateo 6:5 Hace unos años fui con un colega a la reunión de la Convención bautista del estado de Arkansas. Llegamos un poco tarde por lo que decidimos esperar a un receso para entrar al salón en el que se estaba celebrando la reunión, pero nos quedamos en un pasillo cerca de la puerta de entrada, desde donde podíamos escuchar lo que estaba sucediendo dentro. Pasado un rato, me sorprendió la elocuencia del orador, el timbre exaltado de su voz, su discurso retumbaba como trueno en cañada seca, y me sorprendió el silencio que generaba y envolvía al auditorio. Le pregunté a mi amigo quién era el orador y lanzando una carcajada me dijo: “No está predicando, es el hermano “fulano” que está orando”… No pude evitar que de inmediato un pensamiento viniera a mi mente: ¿Y a quién está tratando de impresionar este buen hombre?

Aquel incidente, me llevó a considerar muy seriamente mis oraciones en público. Tal vez los pastores y líderes eclesiásticos, somos los peores en este sentido, al abusar de las oraciones en público y usarlas para lograr nuestros propósitos, bien sea resaltar los puntos o enseñanzas principales del mensaje que acabamos de predicar, comunicar las actividades que vamos a celebrar o lanzar un anuncio sutil de alguna nueva idea que deseamos presentarle luego a la iglesia.

Para mí, este es uno de los mayores problemas que tiene la oración pública, ya que la inmensa mayoría de la gente se preocupa más por lo que va a decir y cómo lo va a decir, que por estar comunicándose con el Padre. Piense para sus adentros cuántas de las veces que ha tenido que orar en público se ha preocupado mucho porque sea una oración que suene bonita. La forma en la que agrupamos las palabras y las palabras que usamos, vienen a ser más importantes que comunicarnos con el Padre. Por favor, lea Mateo 6:5, este versículo me martilla cada vez que tengo que orar en público.

En el tiempo del ministerio terrenal de Jesús las cosas eran iguales a lo que son hoy día en muchos aspectos. Ser invitado para tener una oración en la sinagoga en la Palestina del primer siglo, era algo que daba mucha distinción. Al parecer existía la costumbre de que alguna gente hiciera la oración de la tarde en lugares públicos en los que podían ser vistos cuando oraban. Es evidente que el propósito principal de estas oraciones no era el de comunicarse con Dios, sino el de ser vistos, oídos, admirados y apreciados por los demás. Esta gente se deleitaba con el sonido de sus voces. Analice un momento y piense si alguna vez le ha ocurrido a usted lo mismo. Yo me he dado cuenta que muchas veces había orado preocupándome más por lo que yo pudiera decir que por estar en la presencia de Dios.
Déjeme ir más lejos, en mis años de estudio en el Seminario, hubo muchas cosas que los estudiantes, a veces sin darnos cuenta, tratábamos de imitar. Una de ellas era la manera en la cual algunos profesores oraban. ¡Sonaban tan bien! No creo que alguno de nosotros se planteó alguna vez que aquellas oraciones estaban más dirigidas a nosotros que a Dios. Y lo peor es que muchos, luego hicimos lo mismo cuando pastoreábamos congregaciones.

Jesús conocía esta situación y se encargó de dejar muy claro lo que sucedía con los que oraban de esta manera, Él dijo: “…de cierto os digo, que ya tienen su salario”. Es decir, ya han recibido el reconocimiento de la gente, por lo que eso es lo que recibirán con sus oraciones.

Déjeme darle mi versión parafraseada de este aspecto: Si a usted le gusta orar en público o con otra gente, hay tres recompensas que pudiera recibir…
Si le gusta ser reconocido, bien, agarre el reconocimiento…
Si le gusta sentir la aprobación de los demás, magnifico, disfrútela…
Si le gusta que le digan que usted es estupendo, pues déjeme decirle que usted es estupendo… (O estupenda que a muchas hermanitas esto le fascina)

No quiero en manera alguna sonar sínico, solo deseo que piense que eso fue lo que Jesús dijo. Lea los siguientes pasajes: Marcos 1:35; Marcos 6:46-47; Lucas 5:15-16 y Lucas 9:18. Recuerde que la recompensa para aquellos que prefieren orar en privado es diferente.
En el caso de los “hipócritas” la recompensa, en última instancia, viene de ellos mismos. Este es el tipo de recompensa que vale por un minuto pero es incapaz de satisfacer las crecientes demandas del orgullo. Pero para los humildes y puros de corazón, la recompensa por sus oraciones viene de Dios que ve lo que hacemos en secreto. La mayor recompensa es poder estar en la gloriosa presencia de nuestro Dios.

No me malentienda. No estoy diciendo que no podamos orar en público. El mismo Jesús lo hizo muchas veces, la hizo cuando bendijo los panes y los peses para alimentar a la multitud. En el libro de Hechos encontramos en muchas ocasiones a la iglesia orando en público. El asunto no es orar en público, el problema es “orar para impresionar”. Tanto cuando oremos en privado como cuando lo hagamos en público nuestro principal objetivo tiene que ser comunicarnos con el Padre para recibir la recompensa de su presencia.

Una vez más piense, ¿no recuerda haber orado recordándole a Dios los acontecimientos que acaban de publicar las noticias internacionales? En verdad ¿Cree que Dios necesita que usted le informe lo que pasa en el mundo? ¿No será que usted está tratando de impresionar a los que tiene a su lado para que sepan que usted está al día? ¿Recuerda haberle dicho a Dios todo lo mucho que quiere a alguien que está cerca de usted cuando está orando? ¿Cree sinceramente que Dios necesita que usted se lo diga en público? Recuerde que Dios conoce nuestros corazones. ¿Alguna vez le contó a Dios en una oración pública todos los trabajos que pasó para resolver algún asunto? ¿De verdad piensa que Dios no lo sabe? ¿No será que usted desea que los demás se enteren de su heroicidad? No olvide, los que así oran, ya tiene su pago… Y lo reciben aquí en la tierra, y por cierto es muy efímero.

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