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Jacob era un individuo antipático

Por Dr. Óscar J Fernández
Leyendo Génesis capítulos 31 y 32 nos encontramos que Jacob estaba realmente “entre la espada y la pared”. Detrás de él venía su suegro Labán, de manera que no había regreso posible para Jacob. Pero delante de él estaba Esaú, lo cual no ofrecía ninguna perspectiva alentadora.
Jacob le había usurpado a Esaú la primogenitura engañando a su padre Isaac. Durante muchos años Jacob había temido que Esaú lo encontrara y le diera muerte, para vengarse del engaño. Hasta donde Jacob sabía, la ira de Esaú en contra de él no se había aplacado.
¿Se ha visto alguna vez en su vida en un callejón sin salida semejante? ¿Sin poder volver atrás y sin poder ir hacia delante? En una condición semejante, solo queda CLAMAR, pero la gente clama de diferentes maneras y a diferentes “dioses”. Jacob se encontró ante la posibilidad de que su pecado pudiera alcanzarlo. ¿Qué pasaría si Esaú venía a vengarse del engaño? Jacob había agotado las excusas y él lo sabía. Su conciencia le redargüía por el mal que le había hecho a su hermano. En Génesis 32 el nombre Esaú aparece nueve veces. Jacob tenía la convicción de que por fin tenía que enfrentarse a su pasado y a su pecado.

Esto parece increíble, pero es verdad: ¡Dios es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob! Si Jacob hubiera sido miembro de nuestra iglesia, probablemente nunca hubiera sido seleccionado como Patriarca. Casi seguro que yo hubiera votado en contra de esa proposición, me hubiera opuesto con todas mis fuerzas y hubiera elaborado muchos argumentos para vetar al usurpador. Pero el asunto es que Dios no ve las cosas como nosotros las vemos. El ve cosas que nosotros no podemos ver. Dios sabía que Jacob podía llegar a ser Israel. Dios detrás de este tramposo engañador podía ver que un día él aprendería a confiar en Él de una nueva manera.

¿Le resulta difícil amar a los Jacobs de este mundo? Probablemente sea porque usted está convencido de que usted es mejor que esos Jacobs. Tal vez incluso llegue a pensar que Dios lo ama a usted mucho más que a esos Jacobs. Pero Dios ama a los Jacobs por los que nosotros no votaríamos para que llegaran a ser Patriarcas y a los que tal vez a aquellos que nuestra iglesia se sentiría muy molesta se aparecieran un domingo en la mañana. Nosotros por lo general renunciamos a tratar a ese tipo de personas pensando que no vale la pena perder el tiempo con ellas. El asunto es que nosotros nos concentramos en los problemas y no en el proceso.

Tal vez, y solo tal vez, usted sea también un “Jacob” que está leyendo esta nota. Tal vez piense y después de todas mis mentiras, engaños y luchas por sobresalir, ¿podría Dios usarme? ¿Por qué va a querer Dios usarme a mí? ¿Habrá alguna esperanza para mí?
Tengo un amigo pastor que cometió una falta, se arrepintió delante de su iglesia y renunció al pastorado de la misma. Aunque fue a algunos amigos comunes, al parecer tuvo pena de llamarme. Por muchos meses oré por él y pregunté por él. Yo no estoy de acuerdo con lo que hizo, ni apruebo o simpatizo con sus pecados ni aplaudo lo que hizo. Sin embargo, creo que alguien debe amarlo, además de su familia, y yo soy uno de esos que debe amarlo. No porque yo sea mejor que otros, sino porque estoy seguro que Dios lo ama y Él es mucho mejor que yo.

Tal vez usted sea un Jacob o conozca a algún Jacob. Los Jacobs son esos que dicen que quieren servir a Dios, pero tratan de hacerlo carnalmente. Es decir, usando métodos y estrategias carnales o del mundo, bien sea del mundo de los negocios o de la ciencia, esperando recibir la bendición de Dios por lo que hacen. Son ese tipo de personas que siempre están en “negociaciones” buscando la manera de destacarse, de llamar la atención como líderes.

Al final de su vida Jacob le dio un pequeño bosquejo biográfico a faraón. Observe lo que dice Génesis 47:9 en la NVI: “…Ya tengo ciento treinta años —respondió Jacob—. Mis años de andar peregrinando de un lado a otro han sido pocos y difíciles, pero no se comparan con los años de peregrinaje de mis antepasados”. Los eruditos de la Biblia interpretan de diferentes maneras la palabra que aquí se traduce como “difíciles”. Se asocia con calamidad, adversidad, aflicción, etcétera. Lo cual es un vivo recordatorio para todos nosotros de que el pecado es destructivo y tiene consecuencias que tenemos que enfrentar.

En otras palabras, Dios le dio un nuevo nombre a Jacob y bendijo sus últimos días, y este mirando hacia atrás consideró su vida como si hubiera perdido el tiempo. Jacob empleó mucho tiempo y energías tratando de huir de Dios, luchando contra Él, resistiéndose al Señor y engañando a la gente. Pero siempre me ha llamado la atención que Jacob lo único que nunca hizo fue echarle la culpa a otros de sus errores. El no dijo: “Esaú la culpa es de mamá que me dijo que engañara a papá para robarte la primogenitura”…

No hace mucho recibí una carta de un prisionero pidiéndome que le explicara lo que decía la Biblia sobre las cárceles y los prisioneros. Desafortunadamente este pobre hombre ha perdido la perspectiva. Nosotros no podemos recorrer el mundo con nuestro índice levantado culpando a los demás por nuestros errores. La realidad es que nosotros tomamos decisiones. ¡Buenas y malas decisiones! Ante un problema similar dos personas reaccionan de una manera diferente. Una se vuelve a Dios mientras que otra culpa a Dios. Una tiene un triste final mientras que la otra alaba a Dios.
No debemos desesperarnos, a menos que sea viendo nuestra depravación humana. El pecado nos engaña haciéndonos pensar que podemos negociar con Dios, tratando de hacernos creer que podemos arreglar las cosas a nuestra manera y olvidarnos de Dios. El pecado destruye y trata de hacer creer a la gente que puede entrar en el cielo sin tener que enfrentarse a Cristo que exige nuestra entrega total a Él.

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