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¿Para qué vamos a orar, si Dios no nos oye?

Por Dr. Óscar J. Fernández

Esta expresión rara vez la escuchamos, pero sin embargo, está con demasiada frecuencia en lo más profundo del subconsciente. En cierta medida, esta es la razón por la cual algunas personas piden que oren por ellas. Pero a la vez, esta es la razón por la cual alguna gente no ora. Cuando los problemas aparecen, cuando la enfermedad se apodera y no hay forma de librarse de ella, cuando todas las cosas comienzan a salir mal, cuando la situación va de mal en peor, cuando somos víctimas de una traición, cuando nos despiden del trabajo, cuando el dinero no alcanza para pagar las cuentas, cuando el ser humano se enfrenta a las cosas que están fuera de su control, entonces por regla general la gente desea algo por sobre todas las cosas. ¡Ellas quieren saber cómo orar!

Tal vez usted diga: Yo sé la manera de hacerlo, pero he tratado muchas veces y simplemente, no funciona. ¿Ha dicho o ha pensado alguna vez en estas palabras? Este no es el tipo de cosas que solemos decir en voz alta, pero probablemente más de una vez haya tenido esto en su mente. La verdad es que esta es una realidad. Incluso, aquellos de nosotros que no estamos de acuerdo con esta manera de pensar, tenemos que reconocer con honestidad que esta situación genera algunas preguntas como estas: ¿Qué es la oración? ¿Por qué no siempre obtenemos la respuesta que esperamos? ¿Por qué hay veces que parece que nuestras oraciones se quedan en el techo?

Déjeme comenzar diciéndole que yo he luchado por años por tener una vida de oración poderosa. Pero déjeme confesarle una cosa, y tal vez usted pueda decir lo mismo; el asunto no ha sido la falta de deseos o la necesidad de orar. Yo he querido estar cerca de Dios en oración, probablemente más que ninguna otra cosa en mi vida, pero sin embargo, la mayor parte de las veces me ha parecido que me faltaba “algo” que me ayudara a encontrar la manera de cruzar la niebla de las oraciones ineficaces, para tener la certeza de que me estaba comunicando adecuadamente con mi Creador y Padre Celestial de la manera en la que a Él le agrada que lo hagamos.

Por supuesto que conozco el fundamento bíblico de la oración, he editado a lo menos cinco libros sobre la oración, soy amigo de dos grandes hombres de oración: Claude King y T.W. Hunt, he predicado y he dado estudios bíblicos sobre la oración. He leído muchos libros sobre la oración así como biografías de hombre de oración. Durante mis años de ministerio también he probado diferentes métodos y estrategias para mejorar mi vida de oración. Como resultado, he adquirido una mayor confianza y he orado de manera consistente y he sido testigo de la manera en la que Dios ha obrado milagros en mi vida y en el mundo que me rodea, al punto de dejarme algunas veces virtualmente sin habla. He llegado a la conclusión de que la oración es mucho más que responder las peticiones de oración, responder las listas de oración o tener un tiempo a solas de oración y meditación. Esto está bien, pero hay mucho más implícito…

Tengo que confesar que he visto con mis ojos lo que la oración puede hacer, y claro está que hay mucha gente que ha tenido esta misma experiencia. Podemos buscar un buen ejemplo hace más de dos mil años, cuando los seguidores de Jesús se sentaban a sus pies para escuchar lo que Él le decía acerca de la oración. Sin dudas, los discípulos deben haberle hecho muchas preguntas a Jesús en los tres años que anduvieron juntos durante Su ministerio terrenal, tal vez la más trascendental es la que se recoge en Lucas 11:1
“Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos”.

Quiero que observe conmigo una cosa. La persona que está haciendo esta petición ha sido testigo presencial y ha visto como Jesús ha devuelto la vista a los ciegos, ha hecho caminar a paralíticos, ha sanado toda clase de enfermedades, ha sacado fuera demonios, ha ejercido su poder sobre los elementos de la naturaleza. También ha podido ver y escuchar como el Maestro enseñaba en la sinagoga y dejaba sin habla a los doctores de la Ley, como hablaba a las multitudes y estas lo seguían. ¿No ha pensado por qué los discípulos no le pidieron que les enseñara a hacer milagros, a hacer consejería, a sanar enfermedades y echar demonios a hacer discursos o multiplicar panes y peces? En fin, ¿por qué no pidieron que le enseñara a hacer un ministerio más visible?

La petición, al parecer era simple. ¿Señor, cómo es que Tú puedes orar así? ¡Enséñanos a hacer lo mismo! Observando a Jesús, de alguna manera los discípulos se habían percatado de que la oración ocupaba un lugar muy importante en la vida del Maestro y en cierta medida estaba relacionada con todas las grandes cosas y milagros que Él hacía. Jesús tenía un nivel de intimidad con el Padre Celestial que transformaba la oración de un “ritual” a un verdadero “aliento de poder”. El Señor sabía lo que era la oración y oraba.

Observe otra cosa: Esta gente que le estaba pidiendo a Jesús que les enseñara a orar, no eran principiantes en la oración. Esta era gente que había orado durante toda su vida. Como judíos que eran, habían sido educados y enseñados desde su niñez y sabían que tenían que ser disciplinados y constantes en la práctica de la oración. Desde que tenían memoria, cada día al amanecer y al atardecer ellos habían orado la Shemá, la confesión de fe judía tomada de Deuteronomio 6:4-5 junto con otras oraciones y bendiciones.
“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas”. Deuteronomio 6:4-5
Estos hombres tenían la costumbre de orar tres veces al día a ciertas horas que se habían establecido y antes de comer algún alimento. Hay algunos historiadores antiguos que dicen que en los tiempos de Jesús, un judío oraba, como promedio, entre tres y cuatro horas al día.
Yo no sé lo que usted piensa, pero déjeme decirle que si estos hombres, con esta vida de oración y después de andar día y noche por tres años con el Maestro necesitaban ayuda para aprender a orar, yo estoy sumamente interesado en oír lo que Jesús les respondió. Observe que ellos no preguntaron cuántas veces debían orar, o qué método debían utilizar. Ellos sabían los detalles que conocían los judíos devotos pero a la vez reconocían que “les faltaba algo”. Ellos querían que Jesús les enseñara para tener poder en la oración y alcanzar la íntima comunión que Él tenía con el Padre.

Como de costumbre, la respuesta de Jesús fue simple y práctica. Nosotros hemos llamado a su respuesta: La Oración Modelo; algunos también la llaman El Padre Nuestro. Desafortunadamente, esta trascendental enseñanza ha llegado al colmo de convertirse en un “estribillo” para memorizar y repetir sin apenas prestar atención a lo que se dice. Así que voy a tratar de abordar la Oración Modelo de una manera en la cual usted pueda sacar provecho para que le ayude en su vida cristiana, para que pueda fortalecer su comunión con Dios y en fin, para que pueda llegar a tener una vida de oración poderosa, para glorificar el nombre de nuestro Dios.

Este estudio, a diferencia de los otros que he publicado en este blog, requerirá que usted practique y que lo haga orando. No se trata de aprender frases y repetirlas de memoria. No se trata de aprender palabrerías para “tratar de impresionar a Dios”. Pero al final, debemos llegar a desarrollar aquello a lo cual nos llamó el apóstol Pablo en 1 Tesalonicenses 5:17: “Orad sin cesar”.
Debemos crear el hábito de orar, no para cumplir una costumbre, sino esperando ansiosamente para ver el obrar de Dios en nuestra vida y a nuestro alrededor. Debemos tener el propósito de honrar a Dios en todo lo que digamos y hagamos durante el día y comenzar así cada día. Debemos pedirle a Dios cada día que nos hable y debemos estar dispuestos a obedecerle de inmediato. Entonces usted podrá experimentar Su perdón, recibirá Su provisión diaria y cada día podrá caminar y alcanzar la victoria espiritual.

Hable con Dios y esté dispuesto a escucharle a Él. Cuando venga la tentación: Hable con su Padre. Ante cada decisión que tenga que tomar, consulte con Su Padre. Tenemos que entrenar a nuestros corazones para que sean capaces de escuchar al Padre. Dios NUNCA nos va a mentir, y Él le va a recordar que: Usted ha sido perdonado, que Él le ama, que usted es fuerte en su debilidad por medio de Él, que la victoria es suya, que usted puede vencer el pecado y el mal y que usted tiene parte en la edificación del Reino de Dios y Él le llama a unirse a Dios en lo que Él está haciendo.

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