BBC Ministerio Hispano

¿Cómo muestras tu amor?

Por Dr. Óscar J. Fernández

Cuando extendemos nuestra mano para ayudar a los que sufren, mostramos que realmente nos importan

La vida de Mefi-boset estaba llena de rechazo. Al saber que Saúl y Jonatán habían muerto en batalla, la nodriza que debía cuidar a Mefi-boset huyó, llena de temor. Mefi-boset sufrió una caída que lo dejó cojo para el resto de su vida. Cuando conoció a David, hacía ya un tiempo que vivía en oscuridad y temor. Se sentía perdido, olvidado, sin importancia.

En un magnífico gesto de bondad, el rey David no solo le dio a Mefi-boset una nueva identidad y suplió sus necesidades, sino también le extendió su mano y lo restauró a una posición exaltada. “…tú comerás siempre a mi mesa” (2 Samuel 9.7), ordenó David. Observe que cuatro veces, en este breve capítulo, se nos informa que Mefi-boset comía a la mesa de David.
· “…tú comerás siempre a mi mesa” (2 Samuel 9.7).
· “Mefi-boset el hijo de tu señor comerá siempre a mi mesa” (2 Samuel 9.10).
· “Mefi-boset, dijo el rey, comerá a mi mesa, como uno de los hijos del rey” (2 Samuel 9.11).
· “Y moraba Mefi-boset en Jerusalén, porque comía siempre a la mesa del rey; y estaba lisiado de ambos pies” (2 Samuel 9.13).

Por fin, el despreciado conocía la maravillosa sensación de ser aceptado. Conocía el gozo de verse incluido en una familia. Conocía la calidez del amor. Conocía el contentamiento de saber que alguien se interesaba por él.

En una ocasión, durante un viaje a Europa, yo estaba sentado en una parada de autobús llena de gente. Había muchas personas esperando el autobús. Dado que los ingleses son amantes de la perfección, todos sabían que el autobús llegaría justamente a horario, ni un minuto antes, ni un minuto después. Mientras yo esperaba, vi con el rabillo del ojo a un niño de unos seis o siete años que, aparentemente, venía sin ninguna preocupación caminando sin rumbo fijo en dirección a nosotros. Pero, al mirar atrás, el niño se dio cuenta que estaba caminando solo. Entonces, lleno de temor, comenzó a gritar: “¡Alguien! ¡Alguien!” Al acercarse, y por su forma de hablar, me di cuenta de que el niño tenía el Síndrome de Down. Mientras más gritaba “¡Alguien!”, más se apartaba la gente para evitarlo. El niño comenzó a mirar a su alrededor, como si fuera un animal acorralado frente a una fuerza que lo atacaba. “¡Alguien! ¡Alguien!”, gritaba, y su rostro se volvía cada vez más blanco de terror.

Pensé: “Alguien debería hacer algo”. Finalmente llegó el autobús y la gente comenzó a subir mientras el niño seguía gritando: “¡Alguien! ¡Alguien!” Entonces, de en medio de la gente, vino una mujer joven que respondió: “Alguien”. Tomó en brazos al niño y lo calmó susurrándole: “Alguien. Alguien”.

Para este entonces, yo ya había subido al autobús. Mientras esperaba que el vehículo saliera de la parada, vi que otra mujer corría hacia la que había tomado en brazos al niño. En ese momento me di cuenta que esta última mujer era la madre, y la otra era solo una persona bondadosa que vio a alguien sufriendo y necesitado. Esta mujer, sencillamente, había hecho un esfuerzo para extenderle la mano a otra persona. Aunque no sean personas con Síndrome de Down, muchos de los que nos cruzamos todos los días también están gritando “¡Alguien!”. ¿Escucha usted estos gritos que llegan a sus oídos, o los aparta de su mente?

Algo más. ¿No es revelador el hecho de que, en general, tratamos de mantenernos lejos de las personas “incapacitadas” en el mundo? Los cojos, los abusados, los divorciados, los solitarios, los sufrientes. Pero ellos necesitan que los traten con la misma estima y el mismo respeto que los “sanos” y más semejantes a nosotros.

David restauró a Mefi-boset de un lugar desértico a un lugar donde se sentaba a su mesa. De un lugar estéril a un lugar de honor. De un lugar sin pastos verdes a un lugar de abundancia. Lo llevó al palacio mismo del rey. Durante años, Mefi-boset había estado gritando: “¡Alguien! ¡Alguien!” Ahora ese alguien que se acercó a él era nada menos que el rey. No solo lo ayudó, también lo tomó en sus brazos y lo adoptó como hijo.

Piense en su vida en el reino de Dios durante un momento. ¿Por qué cree usted que el Rey del cielo lo ha adoptado en su familia? ¿Es por su bondad como persona? ¿Por su personalidad agradable? ¿Su irresistible encanto? ¿Sus extraordinarios talentos? ¡Piense de nuevo! Mi lugar y su lugar a la mesa del Rey, ahora y durante toda la eternidad, nos servirán como recordatorios constantes de cómo Dios toma personas que otros habrían abandonado, les extiende su mano y les da lugares en su presencia.

Es importante, en todos los aspectos de la vida, seguir esta antigua máxima tejana: “Abraza fuerte a tus amigos, pero mucho más fuerte a tus enemigos… tan fuerte que no puedan soltarse”. Eso es lo que Dios hace con nosotros. Dios es bueno porque no puede ser de otra manera. Es esencial a su naturaleza (vea Romanos 4.2). Y esa bondad se convierte en parte de nuestra naturaleza, que nos llega por medio del Espíritu Santo (vea Gálatas 5.22-23). La bondad se convierte en parte de nuestra conducta porque nuestro carácter está arraigado en Dios. El corazón bondadoso es el que más se parece a Dios.

No pasemos por alto que en 2 Samuel 9.3, David dice: “¿No ha quedado nadie de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia de Dios?” Dios le mostró de diversas formas a David su gracia, misericordia y bondad. Le salvó su vida en numerosas ocasiones. Hizo que David ganara en su lucha contra el gigante Goliat. David escapó de las trampas y los peligros de las bestias salvajes. En más de una ocasión Dios redimió su vida del pozo de dolor, hambre y deserción. Ahora, David deseaba devolver esa bondad. Quienes han sido tocados por la misericordia de Dios están deseosos de contárselo a otros.
Cuando leemos la historia de los actos de bondad de David hacia Mefiboset en 2 Samuel 9, recordamos la gran bondad de Dios para nosotros. Al igual que el rey trajo al despreciado al palacio y lo convirtió en hijo, Dios nos adoptó en su familia. Usted y yo somos como Mefi-boset. Las similitudes entre la vida de él y las nuestras son inquietantes. Antes de llegar a tener una relación con el Padre, nos pasábamos la vida huyendo de Él en quebrantamiento y vergüenza. Temíamos que entrar en su presencia hiciera caer el juicio sobre nuestras cabezas. Cuando finalmente nos echamos, temblando, a sus pies, Él nos tocó y nos dijo: “No temas”. Nos levantó y nos dijo: “Te devolveré todo lo que perdiste a causa del pecado. Además, te daré herencia, bendiciones y riquezas celestiales. Pero más que eso: quiero que estés para siempre en mi presencia, comiendo a mi mesa; y voy a llamarte hijo mío”. Y cuando protestamos: “Pero, ¿por qué te interesas por un lisiado perdedor como yo?”, Él respondió: “Porque conozco a tu hermano Jesús. Y por amor a Él, voy a hacerlo todo por ti”.

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