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¿Y tú qué piensas?

Por Dr. Óscar J. Fernández

Por muchos años en mi vida estuve dedicado al trabajo académico, en un medio sumamente hostil, ya que yo no sustentaba ni apoyaba los valores de la sociedad en la que me había tocado vivir. Mi trabajo profesional era como estar viviendo en medio de la selva, rodeado de fieras feroces y hambrientas que estaban buscando la forma de devorarme. No había una salida que pudiera encontrar por lo que tenía que tratar de mantenerme a flote a pesar de las tormentas que me acosaban, en un medio secular, antirreligioso y discriminatorio.

En ese tipo de ambiente, es frecuente encontrar personas que buscan sobresalir sobre los demás al precio que sea necesario. Siempre pensé que ese era uno de los tantos defectos del sistema comunista.

Pero siendo honesto, tengo que decir que en mi carrera profesional, como editor de literatura cristiana en los Estados Unidos, me he tropezado muchas veces con actitudes semejantes. He tenido el alto honor y el privilegio de trabajar con escritores que han publicado muchos títulos que han sido grandes éxitos de librerías, y con ellos ha sido una delicia trabajar. Y he tenido que trabajar con otras personas que se consideraban escritores, sin en realidad tener calidad en ese oficio. Esas personas fueron una verdadera pesadilla, pues muchas veces las sugerencias y decisiones que un editor tiene que tomar, eran consideradas como ataques para hacerles lucir mal.

El problema es que muchas personas tienen una visión, pudiéramos decir que muy optimista, de su propia sabiduría y talento. Yo diría que es como una especie de trampa, por lo que debemos tener mucho cuidado con lo que pensamos que sabemos. En realidad, resulta muy fácil confiar en nuestro sentido común, que dicho sea de paso, es el menos común de los sentidos. Es posible que creamos que nuestras motivaciones son buenas y confiables y que nuestro juicio está libre de prejuicios; pero sería bueno que no cayéramos en esa ingenuidad. La sabiduría no es el sentido común. Ser sabio no es ser razonable o racional. Tampoco se trata de la intuición, o el instinto, ni siquiera tiene que ver con asumir una apariencia beata y mucho menos con tener actitudes o facilidad para hacer algo.

La sabiduría en realidad es un producto sobrenatural que emana del discernimiento divino que Dios nos da por medio de Su Espíritu Santo. Si tenemos en cuenta que Dios mismo es el origen, resulta prudente confiar en la sabiduría de Dios en lugar de confiar en la nuestra. Confiar en Dios no es estar en contra del razonamiento. El pensamiento racional también tiene su lugar. En definitiva, Dios nos creó como seres racionales. Dios puede usar nuestra mente, y Él lo hace. No olvidemos que los caminos de Dios están por encima de nuestros caminos y Sus pensamientos por encima de nuestros pensamientos (Isaías 55:8-9). Por eso, el cristiano que quiere ser sabio, teme a Dios con santa reverencia y confía en la sabiduría de Él.

Dios lo sabe todo, por eso necesitamos acudir a Él en busca de sabiduría. Si buscamos a Dios con un corazón humilde, Él está dispuesto, en todo momento, a darnos Su guía divina cuando la solicitamos. Pero, no podemos ignorar que el tesoro de la sabiduría que proviene de Dios está disponible solo para los humildes, no para quienes se consideran sabios según su propia opinión. Proverbios 3:7a dice: “No seas sabio en tu propia opinión”. Es importante que siempre recordemos que al desestimar nuestra propia sabiduría, resistimos la tentación de sobreestimar nuestra perspectiva de las cosas.

Pero por el contrario, cuando no nos humillamos de esa forma, nuestra humanidad pecadora rápidamente se exalta. Esto crea una autosuficiencia que puede llevarnos a elevarnos a nosotros mismos y a rechazar la autoridad de Dios en muchos aspectos de nuestra vida. Al fin de cuentas, esa actitud conduce al pecado. La confianza humilde en Dios es la postura adecuada del que es verdaderamente sabio. Cualquier otra postura nos aleja de la sabiduría de Dios y de lo mejor que Él tiene para nosotros. En este inicio de un Nuevo Año te invito a reflexionar y meditar seriamente: ¿Y tú que piensas de ti? Es mi oración que si has tenido un concepto más alto que el que debes tener, te detengas y busques la sabiduría de Dios. (Santiago 3:17)

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