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En contra de las divisiones

Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis
todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que
estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.
1 Corintios 1:10

El apóstol Pablo estaba alertando en contra de un viejo mal: Las divisiones. El diablo usa constantemente el viejo refrán que dice: “Divide y vencerás”

Uno de los mayores males que afectan a nuestras iglesias son precisamente las divisiones. No considero que alguien esté exento de tener, en algún momento, que enfrentar cara a cara este dañino mal. Por cierto, este es un viejo problema, fíjese que Pablo hace unos dos mil años les llamó la atención a los corintios sobre este asunto.

El problema se puede presentar por cualquier motivo insignificante. Al igual que en Corinto puede ser por preferencias por un líder, pero puede tratarse del tipo de música que se usa para la adoración, por la estrategia que se está desarrollando, por la participación que alguna persona tiene “ya que él se cree que es el que manda”, por celebrar un cumpleaños, por no nombrar a alguien para un cargo para el cual no está calificado, pero que le gustaría tener y la lista en verdad no termina nunca.

El mal es grande y extendido, pero hay una cura disponible. Pablo llama a los corintios a tener una misma opinión. ¿Pero cómo se puede hacer eso?  ¿No ha oído decir que para gustos se han hecho colores? Y si me gustan las alfombras de colores oscuros, ¿por qué al hermano fulano se le ocurre que pongamos una clara? Y ya está la excusa para iniciar el problema. ¿Sabe algo? El diablo está detrás de eso.

Tener una misma opinión es la solución bíblica. Ponernos de acuerdo. Estar dispuestos a ceder perdiendo un poco para que muchos ganen. Estoy seguro que muy pocos de los creadores de divisiones en las iglesias han pensado alguna vez en el daño que le hacen a la Obra de Dios y mucho menos, que un día tendrán que enfrentar al juez justo y explicar. No van a perder su salvación pero no recibirán un galardón por haber dañado a la Iglesia que Cristo compró con su Sangre.

El remedio es llenar nuestras mentes de Cristo. ¿Fácil? No lo crea, ya que nuestra humanidad es fuerte y trata de imponerse a cada momento. Pero cuando Él toma el control de nuestras vidas entonces tenemos la posibilidad de buscar la armonía en el Cuerpo de Cristo.

Querer hacer nuestra voluntad, estar en desacuerdo con los demás, querer imponer la “autoridad”, boicotear los planes cuando es otro el que los hace y querer que los demás hagan lo que les decimos, son elementos que llevan a las divisiones y son rasgos de lo que la Biblia llama el viejo hombre de pecado. Debemos ser agentes de unión bajo la dirección del Espíritu Santo.

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