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¡Pero no está aquí!

Por Dr. Oscar J. Fernandez

Durante muchos cientos de años, los profetas de Israel habían anunciado la venida de un Mesías que vendría a redimir al pueblo escogido de Dios. Muchas calamidades le habían acontecido a este pueblo por su dureza de corazón y su tendencia a apartarse de la ley de su Dios. Aproximadamente por los años 30 al 33 d.C. ya los imperios Asirio, Babilónico y Persa eran apenas un mal recuerdo. Un nuevo y poderoso imperio dominaba ahora al mundo conocido. El Imperio Romano se había extendido arrasándolo todo a su paso. Israel estaba bajo el control de este imperio. La ciudad de Jerusalén tenía un  gobernador corrupto que tenía a su disposición tropas romanas fuertemente armadas.

Los líderes religiosos de los judíos querían deshacerse de Jesús de Nazaret y tramaban la forma de lograrlo, usando a su favor a los romanos. Este Jesús había llegado a llamarse públicamente “Hijo de Dios” y eso era algo que ellos no podían permitir.

La traición de Judas, el apresamiento, juicio, condena y crucifixión de Jesús se sucedieron en un abrir y cerrar de ojos. Observado a distancia por algunos de sus discípulos, el cuerpo sin vida de Jesús  fue bajado de la cruz y puesto por manos piadosas en un sepulcro nuevo, sin tiempo para más que para cubrir el cuerpo con una mortaja, ya que se aproximaba el día de reposo. Este sería un sábado muy triste para todos los discípulos. Ellos habían olvidado lo dicho por los profetas y por el propio Jesús y que luego más tarde Juan en Juan 10:17-18 y Pablo en Romanos 3:26 recordarán: Jesús había recibido autoridad del Padre para entregar Su vida y para tomarla de nuevo para que Él pudiera hacer justo a todo aquel que cree en Él (Juan 3:16).

Aquel domingo, al romper el día, un grupo de mujeres se dirigieron al sepulcro en el que se había colocado el cuerpo de Jesús, con el propósito de poner especias olorosas alrededor del cuerpo sin vida, como era la costumbre. Había muchas dificultades que vencer, pero ellas no pensaron en eso. La tumba estaba protegida por soldados romanos, poco amistosos. La entrada estaba cubierta por una pesada piedra. La piedra había sido sellada. ¿Qué pensaban hacer ellas? La determinación es capaz de enfrentar los imposibles, y estas mujeres estaban decididas a llevar a cabo su propósito.

Pero al llegar al sepulcro sucedió algo que no habían previsto: ¡La tumba estaba vacía! Allí no estaba el cuerpo de Jesús. ¿Quién lo había robado? ¿Dónde estaba el Mesías? Las mujeres habían olvidado las enseñanzas del Maestro y tampoco recordaban lo dicho por los profetas. Hasta que luego les fueron abiertos los ojos y con el corazón saltando de alegría en el pecho, corrieron a la ciudad a dar la noticia a los discípulos del Señor. Sí la tumba estaba vacía, el Señor había resucitado, Él no estaba dentro del sepulcro, ¡el Señor estaba vivo! Esa era, sin dudas, una muy buena noticia.

Y sigue siendo hoy, la mejor noticia que un ser humano puede escuchar. Jesús de Nazaret, el unigénito Hijo amado de Dios, venció la muerte con poder y dejó vacía la tumba, para con el poder de Su sangre vertida en la cruz, pagar el precio por los pecados de todas aquellas personas que se acerquen a Él con fe, se arrepientan de sus pecados y lo reciban como el Señor y Salvador de sus vidas. ¿No le parece que esta es la mejor noticia que alguien pudiera escuchar? Y por qué algunos se guardan para sí esta gran noticia y no la comparten con sus familiares, amigos, vecinos y compañeros de estudio o trabajo que no conocen al Señor.

Aquellas mujeres, aquel domingo en la mañana, corrieron a dar la noticia: La tumba está vacía! El Señor ha resucitado. Y nosotros, este año, de manera especial en este domingo de resurrección, ¿Qué mensaje tenemos para el mundo? Esto no es asunto de un día en el año, pero sin lugar a dudas, es una buena forma de comenzar a anunciarle al mundo que nuestro Señor murió y resucitó para ofrecernos la salvación y la vida eterna.

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