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¿Dónde estás?

Por Dr. Oscar J. Fernandez

Nuestra vida se ve afectada por las decisiones que tomamos. Las malas decisiones nos llevan a enfrentar situaciones que son desagradables e indeseables, muchas veces trágicas y muy tristes. Y no hay excusas que valgan. Es una realidad, a veces dolorosa, que el hombre tiene que vivir enfrentando las consecuencias de las malas decisiones que haya tomado.

Pero también puede disfrutar de los beneficios que acarrean las buenas decisiones. Dios nos creó con la capacidad de decidir y tomar decisiones, a eso en teología se le llama el libre albedrio. Dios no fuerza a nadie a hacer Su voluntad. El hombre es libre de escoger el lugar en el cual desea pasar la eternidad.

En más de una oportunidad traté de ayudar a alguien para que comprendiera la necesidad que tenía de hacer una decisión por Cristo para su beneficio eterno. En esos casos, yo podía ver con claridad como esas personas, cuyas vidas en la tierra estaban próximas a terminar, no se percataban que estaban perdiendo la oportunidad, (tal vez la última oportunidad) de recibir la vida que en realidad cuenta, es decir, la vida eterna.

Aunque me duele el corazón al decirlo, solo pude orar por algunas de esas personas que viendo la muerte al doblar de la esquina, mantenían su corazón cerrado a Jesús y a otros que querían compartir el lugar que le pertenece solo a Dios con otros dioses. Es muy triste cuando vemos que nada más se puede hacer, ya que la decisión es de las personas. Nosotros no podemos decidir por ellas, sin importar el lazo familiar que nos une o el vínculo de amistad.

En cuanto a la vida eterna no hay muchas opciones ni existe un plan B que se pueda poner en práctica. Un asunto tan importante como este se resuelve con una decisión que tiene un alcance eterno. Dice Juan que el que tiene al Hijo, tiene la vida, de manera que Jesús es el único camino y no hay más. La decisión es humana, pero la recompensa es divina. Si usted tiene al Hijo tiene la vida; y si no lo tiene, aún está a tiempo de tomar la decisión más importante de su vida.

No se llame a engaños, no se tratas de asistir a la iglesia una o dos veces por semana. Nada influye el que cante en el coro o que haga mil cosas en la iglesia. Hay un solo camino que es Jesucristo. Pero no se trata de decir “yo creo” o de repetir una oración. Se trata de tener un encuentro transformador con el Unigénito Hijo de Dios. Si su vida ahora es igual a la que llevaba antes de conocer a Cristo, es posible que nunca haya conocido a Cristo. El Señor transforma la vida y cambia los corazones por medio de Su Espíritu Santo.

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